Harold López Méndez, España desconocida. La Alpujarra: rincón misterioso. Industrias Gráficas España, Madrid, 1967.

Entre los numerosos libros dedicados a la Alpujarra, pocos poseen la singularidad y el aliento de España desconocida. La Alpujarra: rincón misterioso, obra de un médico siquiatra colombiano que se acercó a nuestra tierra con una mezcla poco frecuente de curiosidad científica y sensibilidad literaria. Publicado en 1967 en una edición de gran formato —un volumen de 35 × 25 centímetros y cerca de kilo y medio de peso—, combina texto y fotografía en un intento ambicioso de captar la esencia de una comarca que, en aquellos años, comenzaba a salir de su secular aislamiento.

Sobrecubierta completa de España desconocida
Sobrecubierta completa (incluyendo solapas) del libro.

Hubo un tiempo en que esta obra fue casi un mito editorial: un volumen ambicioso y de elevado precio, anunciado durante meses —años, quizá— en la prensa y exhibido en escaparates selectos, como si aguardara a un lector dispuesto a franquear el umbral de lo inaccesible. No era un libro popular: era un libro de lujo. Y, sin embargo, hablaba de una tierra humilde, abrupta y silenciosa.

Su origen se remonta a 1953, cuando el autor escuchó hablar por primera vez de la Alpujarra en una pensión madrileña, en conversaciones con estudiantes granadinos. La curiosidad inicial suscitada maduró con el tiempo hasta concretarse en 1964, cuando López Méndez pasó tres meses recorriendo la comarca. Llegó en un momento decisivo: las carreteras que comunicaban los pueblos apenas tenían unos años y la región comenzaba a experimentar los primeros efectos de la modernización. De algún modo, su obra captura ese instante de transición entre un mundo antiguo y otro que empezaba a abrirse paso.

Para dar cuenta de esa experiencia directa, el volumen materializa la observación estructurándose en un conjunto de secciones cuidadosamente articuladas que permiten recorrer la Alpujarra desde múltiples dimensiones: la comarca en el espacio —ubicación, relieve y paisaje—; en el tiempo —prehistoria e historia—; y en lo humano —caracteres antropológicos, apoyados en los estudios del doctor Federico Olóriz Aguilera, vida cotidiana, trabajo, economía, tejidos, ferias, emigración, diversiones, fiestas, música y creencias—. A ello se suman las llamadas «Estampas», pequeñas narraciones gráficas de personajes y familias que encarnan la vida alpujarreña, así como dos capítulos sobre alpujarreños notables y visitantes ilustres, y otro, «Res Publica», que ofrece una reflexión sobre la vida comunitaria y las estructuras sociales de la comarca. La riqueza del testimonio visual se despliega a través de las fotografías de Ramón Sánchez Arana, los dibujos de José Galán Polaino y el primer mapa completo de la región publicado hasta entonces. Esta organización, que combina texto, cartografía y láminas, no solo ofrece una visión integral de la comarca, sino que evidencia el rigor documental y la sensibilidad del autor al capturar un mundo a punto de desaparecer.

 

Mapa de la Alpujarra incluido en el libro de Harold López Méndez
Primer mapa completo de la Alpujarra granadina, publicado en la obra.

El texto se articula en torno a tres grandes planos de observación. En primer lugar, el espacio y el tiempo: la Alpujarra aparece descrita como una unidad geográfica singular —un amplio sinclinal entre Sierra Nevada y la Contraviesa— cuyo pasado se recorre desde los ecos tartésicos hasta la rebelión de los moriscos y la posterior repoblación impulsada por Felipe II. En segundo término, el mundo humano y social, donde el autor ensaya una aproximación antropológica a los habitantes de la comarca, apoyándose en los estudios del doctor Federico Olóriz. Allí aparecen la economía del minifundio, las industrias domésticas de tejidos y harapos, o el fenómeno de la emigración, que ya a comienzos de los años sesenta afectaba a una parte significativa de la población activa. Finalmente, el libro se detiene en el folclore y las tradiciones, recogiendo cantos populares —los llamados remerinos—, descripciones de fiestas como la de Moros y Cristianos de Válor o evocaciones de bailes nocturnos alumbrados por candiles.

Mujer alpujarreña trabajando en un telar manual de madera en un interior de piedra
Retrato de una mujer gitana sentada con un cesto de mimbre, pendientes y pañuelo, en un exterior soleado
Láminas centradas en el mundo humano de la comarca: «El telar» (izquierda), testimonio de una industria doméstica y de una economía de base tradicional; y «La gitana» (derecha), retrato que evoca la diversidad de tipos humanos observados por López Méndez durante su recorrido por la Alpujarra.

Uno de los rasgos más vivos del volumen lo constituyen las llamadas “estampas”, pequeñas galerías de personajes que encarnan la vida cotidiana de la comarca, con frecuencia dura y precaria. A través de ellos el paisaje se humaniza: el anciano de Trevélez que simboliza la longevidad de la sierra, el excéntrico Jeromo de Yegen, el patriarca gitano de Soportújar o el curandero de Pampaneira que mezcla medicina popular y superstición. Estas figuras, observadas con curiosidad, penetración sicológica, y respeto, aportan al libro una dimensión casi narrativa que lo aparta del mero inventario costumbrista.

Anciana alpujarreña pelando patatas
La familia alpujarreña asomada a la ventana
Fotografías de Ramón Sánchez Arana incorporadas por Harold López Méndez como láminas documentales: «Anciana alpujarreña» (izquierda) y «La familia» (derecha).

La aparición de la obra no fue un episodio discreto; recibió un respaldo inmediato que la situó en el ámbito de la antropología cultural y el debate intelectual. Se abre con un prólogo de Julio Caro Baroja que supone una verdadera toma de posición pública: al presentar el libro en el Ateneo de Madrid en noviembre de 1967, el antropólogo habló de una «alegría rara» y denunció la «responsabilidad colectiva sin cumplir» de los intelectuales españoles, que no habían documentado con urgencia la desaparición de estas formas de vida. Para Caro Baroja, que un extranjero realizara esta tarea movido por un «amor individual» otorgaba al libro un valor de reparación histórica, elevándolo de simple costumbrismo a etnografía seria.

En esta misma línea, Guillermo Díaz-Plaja calificó la obra de «estupenda hazaña», centrando su análisis en la «toponimia extraña» de la Alpujarra. Para el crítico, los nombres de los pueblos y barrancos no eran meros adornos, sino un archivo lingüístico de capas superpuestas —galaicas, moriscas, catalanas— que revelaban la historia de repoblaciones y desplazamientos. Esta lectura subrayó la capacidad de López Méndez para captar la toponimia como huella histórica activa, situando el libro en el cruce entre historia cultural y conciencia lingüística.

El alcance del volumen trascendió las fronteras españolas, convirtiéndose en una pieza de diplomacia cultural. En junio de 1967 fue declarado Libro de Interés Turístico Nacional, pero su verdadera consagración internacional llegó en 1968 con su presentación en Bogotá. El acto contó con la presencia de la Primera Dama de Colombia, Cecilia de la Fuente de Lleras, y fue presidido por el embajador Ruiz Morales, quien presentó a López Méndez como un «hombre de ciencia neogranadino» capaz de descifrar el alma penibética. Este respaldo institucional y académico consolidó la autoridad de la obra como un puente transatlántico que unía memoria, ciencia y política cultural.

Vivienda alpujarreña con muros encalados, terrado de launa y chimenea tradicional integrada en la arquitectura local
Sucesión escalonada de volúmenes cúbicos adaptados a la ladera en un pueblo de la Alpujarra, con cubiertas planas, chimeneas y tinaos
Dos láminas que ilustran la arquitectura vernácula alpujarreña: a la izquierda, la vivienda tradicional con muros encalados, terrao de launa y chimenea integrada; a la derecha, la sucesión escalonada de volúmenes cúbicos adaptados a la ladera, donde los terraos, tinaos, azoteas, subideros, tragaluces y chimeneas componían el perfil característico de los pueblos de la comarca.

Hoy, leído con la perspectiva que da el tiempo, La Alpujarra: rincón misterioso posee el valor de un documento de época. Sus páginas registran una sociedad rural económicamente frágil, en vísperas de profundas transformaciones: pueblos todavía marcados por formas de vida tradicionales, economías frágiles y un paisanaje que comenzaba a dispersarse por efecto de la emigración. En ese sentido, el libro puede entenderse como una especie de acta de observación: la mirada atenta de un médico humanista que, aplicando su método clínico al estudio de un territorio, quiso comprenderlo antes de que cambiara para siempre.

Más que resolver el misterio que anuncia su título, la obra consigue algo quizá más valioso: mostrar la densidad humana, histórica y cultural de la Alpujarra en el momento preciso en que empezaba a dejar de ser un rincón desconocido. Y en esa mezcla de curiosidad científica, sensibilidad literaria y respeto por la vida cotidiana reside, todavía hoy, su principal interés.




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