Homenaje a Jean-Christian Spahni

Homenaje a Jean-Christian Spahni

 

Obras de Jean-Christian Spahni

 

 

Algunos aspectos de la cer�mica popular en las provincias de Granada y Almer�a

A lo largo de varios a�os de la d�cada de los cincuenta, Jean-Christian Spahni estudi� la cer�mica granadina y almeriense producida en los alfares de Fajalauza y de San Isidro, de Granada, en el de Miguel Garc�a Sierra, de Ug�jar y en los de N�jar y Sorbas de la provincia de Almer�a. Cer�mica que todav�a entonces era parte b�sica de los sobrios ajuares dom�sticos y de cocina de las casas alpujarre�as y por ende castare�as. Estos objetos cer�micos han dejado de usarse con la funci�n para la que fueron concebidos, estando la industria centenaria que los produc�a en trance de desaparici�n, si es que no ha desaparecido ya. Tan solo quedan vestigios testimoniales, muse�sticos y decorativos, de lo que fue esta actividad artesanal en tiempos cercanos.

El estudio al que nos referimos, publicado en 1958 por el Instituto de Etnograf�a de Ginebra, con cuyo museo colabor� intensamente Spahni, ha permanecido un tanto inc�gnito para los alpujarre�os, cuyo destacado papel, como usuarios la mayor parte y artesanos productores unos cuantos, est� fuera de duda. Para evitar ese desconocimiento y recordar usos y costumbres de anta�o, hemos considerado oportuno traducir y publicar en Recuerdos de C�staras, dentro de las p�ginas de homenaje que venimos consagrando al etn�logo suizo, este art�culo que trata de un aspecto, escasamente estudiado, propio de nuestras viejas tradiciones.

Agradecemos al Museo de Etnograf�a de Ginebra y al Museo Nacional de Antropolog�a las facilidades ofrecidas para preparar esta p�gina.

 

ALGUNOS ASPECTOS DE LA CER�MICA POPULAR DE LAS PROVINCIAS DE GRANADA Y ALMER�A (ESPA�A)

por

Jean-Christian SPAHNI

(Traducci�n del original en franc�s: Jorge Garc�a)

 

 

En los �ltimos a�os hemos estado realizando un amplio estudio de la cer�mica de Andaluc�a. Son numerosas las aldeas de esta vasta regi�n donde los alfareros fabrican, con los mismos medios rudimentarios en todas partes, piezas cer�micas de primera necesidad: jarras de agua, grandes cuencos, platos, etc. Sin embargo, en algunos lugares, la cer�mica se ha convertido en el centro de una pr�spera industria en manos de unos cuantos propietarios. En este primer estudio vamos a analizar algunos aspectos particularmente caracter�sticos de esta interesante forma de artesan�a en las provincias de Granada y Almer�a.

Provincia de Granada

La cer�mica popular de Granada

En el mismo extrarradio de Granada hay dos grandes f�bricas de cer�mica en pleno desarrollo. La m�s conocida se llama Fajalauza, la segunda Cer�mica de San Isidro. Cada una ocupa un �rea de varios cientos de metros cuadrados.

La f�brica de Fajalauza existe desde hace al menos cinco siglos. Se remonta, por lo tanto, a la ocupaci�n musulmana de Andaluc�a, que en Granada finaliz� en 1492. La cer�mica de esta �poca, conservada en distintos museos de la ciudad, muestra formas y decoraciones que han variado poco con el tiempo. �nicamente en dos motivos decorativos se ejercita la imaginaci�n de los artesanos: la granada y el p�jaro (por lo general un gorri�n). Ramas y flores completan la decoraci�n del conjunto. Los colores empleados son verde y azul. A finales del siglo XV, se a�adieron toques de oro, pero, probablemente a causa de los costes elevados, se retorn� al proceso primitivo para no apartarse de �l desde entonces.

La influencia morisca es notable, no s�lo en los adornos, sino tambi�n en las formas de los objetos. En nuestra opini�n, la cer�mica de Granada muestra tambi�n cierta influencia italiana que refleja el esplendor de Renacimiento en los momentos finales de la Reconquista y, m�s tarde, bajo el reinado de Carlos V.

Durante los siglos siguientes la f�brica de Fajalauza debi� seguir funcionando, sin que se note evoluci�n alguna ni en la ornamentaci�n ni en la hechura de las piezas. Sin embargo, a principios de siglo XX, bajo la presi�n del progreso y de los cambios en las formas de vida, se incorporan nuevos objetos. Finalmente, en la �ltima d�cada, la influencia del turismo se ha dejado notar en la fabricaci�n de art�culos de dudoso gusto, de colores llamativos y vulgares, que afortunadamente se corresponden m�s con la necesidad de aumentar la producci�n, que con cambios profundos en la tradici�n.

La tierra utilizada procede del Beiro, torrente que desciende desde una colina que domina la ciudad de Granada. Transportada a la f�brica cercana en camiones o con burros, se reduce a peque�os trozos mediante una maza de metal (l�mina II, fig. 1). Estos fragmentos, se dejan secar durante dos d�as en el mismo centro de la f�brica, luego se echan a estanques llenos de agua, de unos 5 metros de lado y 1,5 metros de profundidad, donde permanecen hasta su total desintegraci�n.

La arcilla as� obtenida se tamiza. Se pasa de un estanque a otro a trav�s de un colador (harnero) que retiene las impurezas (chinas) de todas clases que contiene. Entonces se deja reposar en los estanques cinco o seis d�as, es decir, el tiempo necesario para que adquiera consistencia de pasta de modelar.

Un operario comienza entonces a trabajar esta pasta con los pies (esta penosa tarea recibe el nombre de �pisarlo�). La masa pasar� pronto a uno de sus compa�eros, que la trabaja con las manos (esta operaci�n se llama �sobar la tierra�). La pasta resultante se corta en grandes pellas c�micas que pesan de 2 a 3 kilos y se distribuye a los artesanos (alfareros). Estos utilizan un torno de pie, medio enterrado en una fosa angosta, ahuecada bajo el suelo de la f�brica, al abrigo de un hangar. Llevan a cabo su tarea (torneado) con seguridad y celeridad sorprendentes, mojando sus manos constantemente. Trabajan a ojo sin utilizar calibre ni comp�s de exteriores. A lo sumo, se ayudan con un trozo de ca�a (ca�a), que les permite no s�lo afinar la forma del objeto, sino tambi�n alisarlo por dentro y por fuera. La piezas se separan del torno mediante un hilo de esparto (cordel o tozal) desliz�ndolo por debajo. Las asas se a�aden y fijan despu�s.

L�mina II

1

2

3

4

5

6

 

Los cacharros se secan al sol entre dos y cuatro horas (seg�n la estaci�n) colocados en tablas largas y estrechas, y despu�s se sumergen en una mezcla cuya composici�n qu�mica es un secreto celosamente guardado por los propietarios de la f�brica. Este ba�o o esmalte de color azul gris�ceo, que en cualquier caso contiene plomo y esta�o, se torna blanco durante la cocci�n, proporcionando a las piezas un brillo caracter�stico.

Usando pinceles tan finos como rudimentarios hechos con simples trozos de madera y mechones de pelo, los artistas inician su trabajo. Utilizan un esmalte azul, rico en �xido de cobalto, y otro verde a base de sales de cobre. Desde hace poco tiempo se usa tambi�n un color marr�n cuya f�rmula se mantiene secreta.

Los objetos de gran tama�o son asunto de los hombres (L�m. II, fig. 2). Su decoraci�n se reduce a un juego armonioso de l�neas, puntos, dise�os geom�tricos y flores. La decoraci�n de las piezas peque�as corresponde a las mujeres. Los artistas pintan a su capricho, sin  utilizar modelos, adaptado la ornamentaci�n a las formas del objeto. Y generalmente recurren, como ya hemos dicho, a dos motivos: la granada y el p�jaro. La granada se representa parcialmente abierta y a veces acompa�ada por las armas de la ciudad. En cuanto al p�jaro, se representa en las situaciones m�s inesperadas: saltando, volviendo la cabeza, mirando entre las patas, volando... Tambi�n se inspiran en motivos geom�tricos simples: tri�ngulos, cuadrados o l�neas entrelazadas. Pero cualquiera que sea el tema, el artista juega con las dificultades para crear aut�nticas obras maestras de sutileza, de encanto y de agudeza, donde el azul y verde, resaltados por un fondo casi p�lido, contribuyen al mejor efecto visual. (L�m. IV, fig. 1-6). Lo mismo se aplica a los azulejos (azulejos) que recubren suelos y paredes en muchas casas de Granada o utilizados para cercos de chimeneas,  estanques, patios, etc. (L�m. IV, fig. 2).

Despu�s de pintados, los objetos se apilan cuidadosamente en un gran horno que tiene la misma forma que una casa peque�a de dos plantas (L�m. II, fig. 3). La c�mara interior est� hecha con ladrillos refractarios. El fuego se encuentra bajo el nivel del suelo. El techo del horno est� atravesado por una serie de orificios cuadrados, de veinte cent�metros de lado, a trav�s de los cuales escapa el humo. La carga del horno (ajornar o ahornar) es una tarea delicada porque se debe aprovechar al m�ximo el espacio disponible. Para evitar que las piezas situadas en la parte baja se deformen con el peso de las dem�s, se disponen verticalmente gruesos cilindros de terracota (pilares), formando columnas que soportan otros cilindros m�s peque�os dispuestos horizontalmente formando capas (humares) y dividiendo la c�mara del horno en varios pisos. Para separar los objetos entre ellos, se emplean unos �tiles triangulares de barro cocido llamados tr�bedes. Las piezas delicadas se colocan en cajones de terracota, de modo que las altas temperaturas no las deterioren. Terminada la carga, se cierra la puerta del horno con ladrillos. El fuego se alimenta con haces de ramas de roble y de pino. Se recarga cada media hora. La temperatura alcanza progresivamente al menos 900 grados, mientras las llamas atraviesan los espacios entre las piezas. La cochura, que tiene lugar cada quince d�as a veces cada semana dependiendo de la venta dura 24 horas. El enfriamiento del horno requiere de 1 a 3 d�as. Despu�s se procede al desenhornado. Con golpecitos secos de martillo se retiran las tr�bedes adheridas a las piezas, en las que dejan huellas reconocibles.

Los objetos se dividen en dos categor�as: los menos decorados para usos corrientes y siempre presentes en la mesa de la cocina (L�m. III, fig. 1-2; L�m. IV, fig. 5), y otros cuidadosamente decorados, para empleos m�s selectos. Incluyen una gran variedad de platos y cuencos (L�m. III, fig. 1-8, L�m. IV. Fig. 1-6), tazas, cuencos y platos (L�m. III. Fig. 9. -10), floreros y maceteros (l�mina III. fig. 7), jarras (L�m. III, fig. 8), jarras para leche y agua, vinagreras (L�m. III, fig. 3-6; L�m. IV, fig. 1 y 6), candelabros, l�mparas de aceite (de imitaci�n �rabe), a los que todav�a hay que a�adir platos de aperitivo y servicios de caf�, t� y cerveza, en cuya fabricaci�n han influido las exigencias de los turistas.

L�mina III

 

Manda la costumbre que los propios clientes elijan lo que necesitan en las salas de exposici�n instaladas a prop�sito por Fajalauza y San Isidro. De hecho, es curioso constatar que en las tiendas de Granada rara vez se ven los productos de estas dos f�bricas locales; la cer�mica expuesta en sus escaparates procede de otros puntos de Espa�a. As� se explica por qu� antes los extranjeros desconoc�an la existencia de esta artesan�a. Hoy, sin embargo, vienen de lejos para abastecerse de art�culos que son justamente admirados por sus compradores, espa�oles o turistas de todas las nacionalidades.

 

 

La cer�mica popular de Ug�jar

El peque�o pueblo de Ug�jar est� situado al sur y a los pies de Sierra Nevada, en el coraz�n de la Alpujarra, que es una de las regiones m�s pintorescas de Andaluc�a. Aunque perdido en una zona des�rtica, ocupa una posici�n privilegiada, aliment�ndose de un oasis verde donde crecen con �xito, gracias a un clima tropical, naranjas, limones, aceitunas, trigo, etc. En un entorno algo elevado al este de la aldea, en el barrio m�s modesto, viven unos cuantos alfareros. La peque�a f�brica de Miguel Garc�a Sierra, con mucho la mejor equipada, se extiende sobre una superficie de un centenar de metros cuadrados (L�m. II, fig. 4). Es el ejemplo perfecto de una artesan�a muy local que distribuye sus productos dentro un radio limitado. Los procesos de fabricaci�n son muy similares a los descritos para Fajalauza y San Isidro, salvo algunas caracter�sticas que vamos a se�alar.

El material utilizado resulta de la mezcla de dos arcillas diferentes: una rojiza, procedente de una yacimiento ubicado a 2 km. del pueblo, la otra blanca, tra�da desde una colina a 1 km de Ug�jar. Los alfareros pagan 250 pesetas al propietario del terreno por la extracci�n de la arcilla que necesitan.

La arcilla no se amasa con los pies, sino �nicamente con las manos, a�adiendo un poco de ceniza para que no se pegue a la cabeza del torno (L�m. II, fig. 5).

Despu�s del torneado, las piezas se ba�an, s�lo interiormente, con un l�quido gris�ceo que contiene sales de plomo �este mineral proviene de Linares y cuesta 12 pesetas el kilo�. Durante la cocci�n, el ba�o toma un hermoso color entre blanco y amarillo dorado.

El horno es una construcci�n de piedra en seco con una altura de unos cinco metros y una anchura de 3,50 m. La c�mara, revestida con ladrillos refractarios, mide tres metros de profundidad, dos metros de altura y dos metros y medio de ancho. Agujeros circulares en el techo permiten escapar al humo. El fuego se alimenta con haces de romero, tomillo, etc. La carga requerida equivale a 4 haces.[1] Sobre la base del horno, se coloca una hilera de ladrillos (raga de ladrillos) para proteger las piezas del fuego. Los objetos se separan entre s� por peque�os cuerpos de arcilla cocida. El horno se cierra con ladrillos de la misma arcilla utilizada para hacer los recipientes. La cocci�n dura entre 14 y 15 horas y se repite cada 10 a 15 d�as.

La f�brica de Ug�jar no elabora m�s que un n�mero limitado de objetos (L�m. III, fig. 11-15; L�m. IV, fig. 1-2), sin decoraci�n, de uso diario: jarras de agua o c�ntaros (L�m. III, fig. 11), Pipos, jarras o tinajas (L�m. III, fig. 12), platos grandes (fuentes), ollas (ollas), terrinas o lebrillos (L�m. III, Fig. 13), curiosas piezas acampanadas (L�m. III, fig. 14) que s�lo sirven para volver las frituras (volvedores), vasijas para la leche (L�m. III, fig. 15; L�m. V, fig. 1 -2), para la fabricaci�n de queso (queseras), ladrillos, tejas, baldosas, etc.

El alfarero trabaja solo; un muchacho se dedica al mantenimiento de los estanques de evaporaci�n y a la carga del horno durante la cocci�n. La mujer del alfarero, va al mercado Ug�jar donde tiene un peque�o mostrador. Sin embargo, son muchos lugare�os que vienen a la f�brica para comprar directamente los art�culos que utilizan. Algunos minoristas llegan igualmente para aprovisionarse. Los objetos, colocados en capachos de esparto llenos de paja se cargan en burros y se venden en las inmediaciones: Adra, Murtas,  C�diar y Albu�ol.

L�mina IV
(Pulsando en las im�genes se accede a una fotograf�a actual del mismo objeto en la web del MEG)

1

2

3

4

5

6

 

 

 

Provincia de Almer�a.

La cer�mica de N�jar

La peque�a localidad de N�jar se encuentra a unos 32 km al noreste de Almer�a, a los pies de la Sierra Alhamilla, en una tierra quemada por el sol donde tan solo caen 200 mm de lluvia al a�o. Estos campos calcinados producen �nicamente, y casi sin agua, cactus, chumberas y esparto.

La �nica riqueza de la aldea es la cer�mica que se exporta, no s�lo a toda la provincia de Almer�a, sino tambi�n a Murcia, Granada (la hemos encontrado incluso en las aldeas encaramadas en lo alto de Sierra Nevada), M�laga y Sevilla.

Los or�genes de la cer�mica N�jar no se han podido determinar con certeza. Tiene muchas similitudes con la de �frica del Norte, sobre todo con la de Fez, como hemos aprendido en el magn�fico estudio de Caba�as[2]. Un dato a destacar es el creciente n�mero de f�bricas en la �ltima centuria (seis en 1848, una docena durante nuestra visita en 1958). Este desarrollo no ha tenido, afortunadamente, ning�n impacto en el modo de trabajar de los alfareros ni en los motivos decorativos utilizados.

La arcilla que se emplea se extrae al este del pueblo. Es una tierra de color beige, mezcla de marga y de arcilla ferruginosa. Los alfareros la compran ya preparada a los due�os de los yacimientos, que se encargan de la extracci�n.

Cada f�brica ocupa una superficie modesta. Su aspecto no est� lejos de parecerse al de la f�brica de Ug�jar que acabamos de describir. Por lo general se se denominan oficio mientras que la palabra taller queda reservada para denominar espec�ficamente al hangar donde se tornean y decoran las piezas de cer�mica. Estas denominaciones las encontramos igualmente en Granada, Ug�jar y Sorbas.

El tratamiento de las tierras sigue las mismas pautas ya mencionadas. Los objetos preparados se sumergen en un ba�o de caol�n. Esta arcilla blanca proviene de la aldea costera de Rodalquilar, donde abunda. Su precio actual es de 150 pesetas por tonelada. Una vez secadas las piezas �stas vuelven a manos del alfarero que las somete a una nueva operaci�n de refinado (raer).

Otro ba�o, esta vez con una mezcla de alcohol y galena, tiene por objetivo hacer los recipientes resistentes al agua.

Despu�s comienza la decoraci�n, exceptuando a los objetos grandes (cuencos, por ejemplo) que se apilan directamente en el horno, del que saldr�n con  una atractiva capa blanquecina y brillante.

Las mujeres son las encargadas de decorar las piezas. Recurren con frecuencia a motivos florales, de ah� los nombres de rameaoras que se les ha dado a las artesanas y de rameao que recibe su tarea. No utilizan pinceles, sino peque�os contenedores de hojalata, especie de alcuza (alcuzas o simplemente latas) provistos de un largo pico aguzado (pico) a trav�s del cual fluye el color. Cada frasco contiene un color definido, ya sea azul, rojo, amarillo, marr�n o verde (a base de �xidos de hierro, cobre, manganeso, cobalto, etc. que se adquieren principalmente en Cartagena).

Los patrones geom�tricos m�s variados (l�neas en espiral, semic�rculos, l�neas paralelas horizontales o verticales, guirnaldas, grecas o estrellas) y flores llenan las superficies de los recipientes. A menudo, los colores se mezclan dando lugar a efectos curiosos como el jaspeado[3].

Los hornos de N�jar recuerdan a los de Ug�jar, pero son un poco m�s grandes. Normalmente se llegan a apilar dentro de ellos hasta 900 piezas de tama�o medio. La cocci�n dura de 10 a 12 horas y los hogares se rellenan con haces de romero, sarmientos, etc.

A los cacharros retirados del horno se les quitan las tr�bedes y se ponen en venta inmediatamente. Entre estos enseres se encuentran sobre todo fuentes, platos, tazones grandes, morteros, una amplia variedad de floreros (L�m. III, fig. 18-20; L�m. V, fig. 3-4), ollas, maceteros, ceniceros, etc. Cada artesano se especializa adicionalmente en la elaboraci�n de piezas espec�ficas, como servicios de cerveza (L�m. III, fig. 16-17) o de caf�, sobre cuya elaboraci�n  conserva el monopolio.

Los alfareros N�jar trabajan todo el a�o, pero la temporada alta se prolonga desde mayo hasta septiembre, �poca en la que no cae ni una gota de agua y el viento caliente y seco permite un secado r�pido de las piezas. A los alfareros son ayudados por asistentes contratados en la propia familia. Aqu� los artesanos se dedican plenamente a su profesi�n, al contrario que en otros lugares, donde disponen de tiempo para ocuparse de las tareas del campo. El salario que cobran las mujeres es un tercio inferior al de los hombres. Ellas son las que se encargan a menudo de peque�as tiendas en el pueblo, donde venden los productos de elaboraci�n propia.

L�mina IV
(Pulsando en las im�genes se accede a una fotograf�a actual del mismo objeto en la web del MEG)

1

2

3

4

5

6

 

 

 

La cer�mica de Sorbas

El pintoresco pueblo de Sorbas domina la ruta que procedente de Levante se dirige hacia Almer�a. All�, como en N�jar, muchas familias se dedican a la industria cer�mica. Los productos de estos dos centros, por otra parte complementarios, se exportan a casi las mismas zonas y con frecuencia se encuentran juntos en mesas y cocinas.

Las f�bricas de Sorbas, como las de N�jar y Ug�jar ocupan superficies reducidas, pero todas tienen taller, horno y cobertizos para secar las piezas, almacenar la le�a que mantiene el fuego (sobretodo romero) y la arcilla que se utiliza, as� como estanques de evaporaci�n. Tambi�n tienen algunas m�quinas.

Se utilizan dos clases de tierra: una de  color rojizo, procedente de un yacimiento que est� a 10 km de la aldea, y que se emplea para todo. Y otra, de color beige, extra�da en las inmediaciones de Sorbas, que se usa s�lo para fabricar, con ayuda de maquinaria, tejas, ladrillos y jarras para agua. Esta arcilla se pasa por m�quinas trituradoras inmediatamente despu�s de la extracci�n, ya que contiene muchas impurezas. Despu�s se mezcla con agua en los estanques.

Los procesos de fabricaci�n son id�nticos, a grandes rasgos, a los indicados para otros lugares.

Los objetos se secan a la sombra en verano y al sol en invierno (tejas, ladrillos y c�ntaros al sol en cualquier �poca del a�o). Se someten despu�s a una cocci�n ligera durante unas horas (esta operaci�n se denomina en espa�ol dar la cochura). Despu�s reciben s�lo por el interior un ba�o de sales de plomo al 85%. Se trata del glaseado. El secado dura s�lo una o dos horas. Sigue la verdadera cocci�n que se prolonga durante unas siete horas. Como en Ug�jar, las piezas no se decoran.

Los hornos de Sorbas son similares a los de N�jar (L�m. II, fig. 6). No se utilizan tr�bedes. La c�mara interior est� compartimentada por medio de pilares y humares (v�ase Fajalauza). En funci�n de los caprichos de las llamas, los objetos salen del horno m�s o menos oscuros.

En su aspecto m�s tradicional, la cer�mica de Sorbas cuenta con tres tipos de recipientes bien definidos (L�m. III, fig. 21-23; L�m. V, fig. 5-6). En primer lugar una gama de cuatro escudillas llamadas peroles (L�m. V, fig. 5). Luego, una serie de cinco marmitas (ollas), con la t�pica apariencia y fondos curvos o planos, que se emplean en la preparaci�n de alimentos (L�m. III, fig. 21) o, provistas de una peque�a tapa de terracota y llenas de aceite de oliva para la conservaci�n de quesos y embutidos (L�m. III, fig. 22, L�m. V, fig. 6). Finalmente los platos para cocinar (peroles), de cinco tama�os diferentes, dotados con dos peque�as asas opuestas (L�m. III, fig. 23) a�adidas despu�s, como a las marmitas en otros lugares.

Para satisfacer las demandas de la vida moderna, los alfareros de Sorbas han comenzado a hacer en los �ltimos a�os nuevos objetos: cafeteras, teteras, etc. Tambi�n se dedican a hacer peroles, ollas y perolas en miniatura para deleite de los ni�os.

 

 

 

 

 


[1] En el original �La charge n�cessaire �quivaut � 4 ases�. Al no encontrar traducci�n plausible para la t�rmino �ases�, hemos supuesto que Spahni transcribi� la palabra castellana �haces� tal como la oy� pronunciar a sus informantes. (Nota del traductor).

[2] Cabanas, Rafael: �N�jar y su industria cer�mica�. Estudios geogr�ficos. V. 14 (1953),  pp. 655-661.

[3] Este jaspeado se ha descrito en otros lugares, especialmente en Colovrex, en el cant�n de Ginebra. Ver a este respecto el muy interesante estudio: de Freire de Andrade,  N. y de Chastonay, P.: �La derniere poterie rustique genevoise�. Arch. suisses Anthrop.  gen. T.  XXI (1956), p. 113.

 

Jean-Christian SPAHNI: Quelques aspects de la ceramique populaire dans les provinces de Grenade et d�Almeria (Espagne). Bulletin annuel du Mus�e et Institut d'Ethnographie, Gen�ve 1958. No. 1, pp. 8-13. Traducci�n de Jorge Garc�a para Recuerdos de C�staras (www.castaras.net), por cortes�a y con permiso del Museo de Etnograf�a de Ginebra (MEG) www.ville-ge.ch/meg.

 

 

 

 

 

 

Anterior Inicio Siguiente

 

 

 

Copyright © Jorge García, para Recuerdos de Cástaras (www.castaras.net).

Fecha de publicación:

17-9-2010

Copyright © de los autores o propietarios para los materiales cedidos.

Última revisión:

10-01-2015